antiguo libro gráfico

¿El tamaño importa?

Es la pregunta del millón. La que no envejece. La que pasa desapercibida durante algunas épocas para resurgir en otras con fuerza. Aplicada a los libros, claro.

 

Ahora que la lectura goza de otra vía de consumo, la del libro electrónico, cabe preguntarse de nuevo: ¿El tamaño importa? Hay quienes entran en una librería y se sienten atraídos por el libro que destaca gracias a un grosor mayor que el de sus acompañantes. Los hay también que, por el contrario, fijan su atención en aquellos de tamaño más asequible. Ahora, además, existen esos otros que optan por un tamaño fijo e invariable: el e-reader. No obstante, dejando la literalidad del tamaño aparte, lo que podría ser interesante cuestionarse es si influye en los lectores el modo en que una historia u otra se desarrollan. No tanto por peso o grosor, sino por el disfrute de un número determinado de páginas. No es lo mismo, en cuanto a contenido, una novela de doscientas páginas que otra de ochocientas. Claro que no hay nada que pruebe o demuestre que una pueda ser mejor que la otra.

Hace un par de meses, el diario británico The Guardian publicaba el siguiente artículo. En él se preguntaban si los libros se están volviendo más largos, ya que los datos así parecen afirmarlo. Según algunos estudios, el número de páginas de los volúmenes se ha incrementado en un 25% a lo largo de los últimos quince años. ¿Significa eso que el lector demanda un número mayor de páginas por obra?

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Vamos a atrevernos a decir que no. Sin ni siquiera realizar un solo estudio, una sola encuesta. ¿Por qué? Pues porque cada lector es, como cada libro, un mundo. Efectivamente, las encuestas tratan de englobar a un número dispar de personas convertidas en seres mágicos: los lectores. Y no es este un asunto de opiniones, ni de tamaños. Es de gustos. De gusto por lo literario, por lo que hay impreso en esas páginas. De atracción por el tema, por el género o por la prosa de un narrador en concreto. Hay historias que necesitan menos de cien páginas para convertirse en una maravillosa y valiosa experiencia. Pongamos por caso Paradero desconocido, de Kressmann Taylor. O, mismamente, el archiconocido microrrelato de Augusto Monterroso. ¿Tamaño, qué es eso?

No son pocas las veces, sin embargo, que se suele trazar una relación directa entre la dilatada extensión de una obra literaria y su valor. Soltando el término bestseller por el medio. ¿No es un libro de fiar si supera las mil páginas? Podemos estar de acuerdo en que leer un libro de ese grosor mientras uno viaja en el metro no es lo que los médicos acostumbran a recetar como cuidado ideal de las muñecas. Pero, ¿qué es lo que garantiza que esa lectura no será la más intensa y brillante que se haya podido elegir? El tamaño no es garantía de nada. Salvo de que la lectura durará más. Pero la importancia de eso, en realidad, la marcan otros aspectos. Seguro que quien pueda definirse como lector, ocasional o compulsivo, sabrá de qué estamos hablando. O sobre qué estamos escribiendo.

Lo que importa no es el tamaño, sino la lectura.

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