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El amor y las novelas… All you need is love

Desde “El amor en los tiempos del cólera” hasta “Romeo y Julieta”, el contenido amoroso actúa como tema fundamental para muchos de los autores. Históricamente, ha sido motivo de creación de innumerables composiciones. Tratado en la Biblia, en muchos mitos y leyendas, vendido y explotado publicitariamente, etc. Hoy, en el blog de Tuuulibrería nos adentramos en las raíces de este sentimiento y su influencia en nuestra sociedad.

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Los joyeros del claro de luna (1957)

Me gusta cuando callas, Lambert
Me gusta cuando callas, Lambert

La película comienza con un argumento cualquiera: una chica llega a un pueblo. Úrsula (Brigitte Bardot) arriba a  un pueblo en el que acaba de ocurrir una desgracia, una joven se ha suicidado. La escena que le sigue no podía ser más divertida: el hermano de dicha joven, Lambert, decide ir a la propiedad del responsable su muerte que resulta ser nada más ni nada menos que el tío de Úrsula. Luchan cuerpo a cuerpo hasta que el tío, que es de mayor edad y menores posibilidades físicas que Lambert, decide golpearlo repetidamente en la cabeza con la estatua de un santo que tenía a mano con fines decorativos. Pero la diversión no puede durar mucho más: la recién llegada decide poner fin a este despliegue de testosterona para evitar un mal mayor.

Lambert recibe una buena paliza, sí, pero esto no le impide fijarse en la señora de la casa (Alida Valli). Todo este sinsentido tiene un propósito: favorecer el incipiente amor de Úrsula por Lambert. De hecho es la joven forastera la que se erigirá en arquetipo de heroína sacrificada por el amor verdadero. Visto así suena patético, ¿verdad? Tal vez lo sea, eso depende de los ojos que miren. Lo que sí es innegable es que ella es la única lo suficientemente joven de corazón como para amar sin condiciones. El resto de personajes (como comprobaremos en el transcurso del film) supeditan el amor a otras cuestiones menos elevadas tales como el sexo, el compromiso, la reciprocidad o el interés. Como bien sabemos el amor puro nada tiene que ver con estas cosas. Quizá por ello decía Rubén Darío “juventud, divino tesoro” (probablemente sea una reinterpretación mía que me viene bien a estos efectos) pero es cierto que solo los de espíritu joven son capaces de brindar su amor  ya que están dispuestos a sacrificarlo todo, pues fácil es sacrificar para quien poco tiene y ese aferrarse a la vida lo experimentan las personas que más han vivido. Pero no debemos preocuparnos, tal vez el amor sea tan solo un mal de juventud, que sin vacunas de prevención es capaz de propagarse (tal como les pasa a los personajes de Vadim) y la edad o la experiencia confieran la vacuna. En cualquier caso, la conclusión es clara: solo basta con llegar al final para comprobar lo que se va insinuando desde el principio de la película.

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Portada del DVD con dos películas dirigidas por Vadim

Ahora bien, para no cargar con demasiado peso a esta entrada voy a nombrar dos cuestiones secundarias: la publicidad y la defensa de los animales.

La publicidad aparece en múltiples películas, baste mencionar Náufrago o Regreso al futuro, sin embargo, no me imaginaba que las raíces de este recurso se remontaran a tiempos tan pretéritos. Pues no, el uso de publicidad en películas no es cosa nueva, y podemos afirmar que además de no ser un recurso de financiación para nada moderno, resulta bastante efectivo, y es a perpetuidad: mientras veía esta película me abordaron unas ansias incontrolables de beber refresco carbonatado marca C*** C*** imposibles de refrenar.

Y con respecto a la defensa de los animales: todos conocemos el amor de Brigitte por sus peludos amigos. Pues bien, en este film ya comienza defendiéndolos, incluso exponiéndose al maltrato físico, tantos eran sus ímpetus por salvarle la vida al joven cerdito que la acompañaba. Pero si bien parecía molestarle el maltrato que Lambert infligía a los indefensos animalillos, poco le importaba compartir el lecho con un desalmado capaz de pegarle repetidas veces, tirarle de los pelos y desgarrarle la ropa (y no en plan romántico).

Así es que os animo a convertiros en “joyeros” (aludiendo al título de la película) y a que coleccionéis en vuestros ojos y memoria esta historia que no tiene pérdida y de la que se pueden  sonsacar infinitas reflexiones.

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Amor por los animales

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La basura bajo la alfombra y los monstruos en el sótano

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Ante todo hay que seguir el instinto. Si está bien educado no defrauda nunca (o casi nunca). El instinto nos permite degustar las mejores muestras de la cultura, a los consagrados de todos los ámbitos que están en la cumbre de las artes. Un ejemplo algo inquietante es The phantom of the Opera (1925) del director estadounidense Rupert Julian basado en la novela de Gaston Leroux.

Me gustan las palabras y por este motivo aparentemente contradictorio soy capaz de apreciar el silencio de las películas mudas. Aunque en verdad esta película ostenta una banda sonora inolvidable compuesta por Gustav Hinrichs, un compositor alemán nacionalizado estadounidense que no debemos olvidar pues nos legó melodías inmemoriales.

También me gustan los colores, y las películas en blanco y negro son perfectas por eso mismo: dan a la imaginación el lugar que la imponente realidad niega. No obstante, aquellos que no son de mi misma opinión pueden disfrutar de la versión restaurada, “coloreada” posteriormente.

Ni que decir tiene que uno de los puntos fuertes de esta película es la actuación inigualable de Lon Chaney quien con un poco de maquillaje entre bambalinas logró transformarse en uno de los “monstruos” más famosos de todos los tiempos. Es cierto que posteriormente se llevaron al cine y al teatro nuevas versiones, pero según mi modo de ver perdían el tinte trágico que Julian y su equipo supieron imprimir a la puesta en escena. Pero que el “estreno” fuese tan difícil de igualar no significa que fueran menos meritorios los estadios siguientes. La evolución de la historia magistral que imaginó Leroux nos demuestra que a veces la creación supera al creador pues tiene vida propia, independiente de él y cada época y su respectiva sociedad la va adaptando según sus ideales.

El argumento de la película ya todos lo conocemos: un hombre desfigurado que se oculta tras una máscara y vive debajo de la Ópera de París. Este hombre deforme (Lon Chaney) está perdidamente enamorado de una de las cantantes de la ópera y está dispuesto a todo para obtener su amor. Evidentemente el secuestro no es la mejor manera de enamorar a alguien, pero el “fantasma” no tiene muchas opciones: su rostro desfigurado y su condición antisocial lo han alejado de los hombres y confinado a la marginalidad, por lo que ya no es un hombre, sino la sombra del hombre que fue. Lleva una máscara porque debe ocultar su naturaleza monstruosa (esa mala costumbre que tenemos de asociar la fealdad con la maldad, o más precisamente la deformidad física con la moral…) de la mujer que ama, que, como no podía ser de otra manera, es una jovencita de belleza incuestionable.

Que el amor siempre triunfa no es del todo cierto. El fantasma, por muy horrible que sea no es un monstruo, es un hombre y su humanidad se puede palpar en su tragedia. A principios del siglo XX, no había medias tintas y los monstruos no podían ser buenos, ni humanos, eran sencillamente seres de oscuridad injustificable. Obviamente la lectura que le damos a esta historia en la actualidad no tiene nada que ver con el que se le dio en su momento. En verdad, aunque hubiese sido un buen hombre, un hombre social, lo hubiera tenido igual de difícil: su rostro desfigurado habría sido motivo de desprecio o de mofa.

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Pese a su horrible apariencia física, al menos de su infausta historia emana una belleza trascedente, algo  así como la que irradia el declinante sol de la última tarde, ese dorado fugaz que brilla con máxima intensidad antes de morir. El fantasma es un monstruo, pero la fealdad no lo toca. Sus sentimientos profundos son puros y el rechazo que lo embriaga, así como su soledad y su dolor, lo convierten en una criatura permanentemente bella, digna de ser amada.

 

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Nos despedimos de Fátima Mernissi

En noviembre de 2015, nos comunicaban la muerte de la gran escritora y defensora de los derechos de las mujeres en el mundo del Islam, Fátima Mernissi. Repasamos su trayectoria como homenaje hacia esta gran figura.

Mernissi nació en un harén de Fez (Marruecos) en 1940 y pertenecía a una familia acomodada fiel a las tradiciones. Su infancia, según ella misma indicó, transcurrió en un patio cuadrado rodeado de columnas, azulejos y fuentes, rodeada, siempre, de su familia. No se trataba de un lugar rodeado de mujeres exuberantes ni esclavos, el harén imperial otomano que llegó al mundo de Occidente a través de las pinturas y las películas desapareció en 1909. En su lugar quedó el harén doméstico en el que se crió Mernissi.

Se licenció en ciencias políticas en Marruecos y fue becada por la Sorbona, donde prosiguió sus estudios. Más tarde, realizó un doctorado en la Universidad de Brandeis, Estados Unidos. Al volver a su país comenzó a ejercer de profesora en la Universidad de Mohamed V de Rabat y se dedicó a la investigación en el Centre Universitaire de la Recherche Scientifique de la capital marroquí, donde también dirigía un taller de escritura.

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LINA CODINA

La española que sufrió a Stalin y a Prokofiev

Lina Codina, la que fue esposa de Prokofiev, es el puro ejemplo de que la realidad siempre supera la ficción. Por ello, en TuuuLibreria queremos contar su historia.

Así lo sintió también la periodista y escritora Reyes Monforte, que cuando se cruzó con Lina estaba cenando con unos amigos en Madrid. Salió del bar donde se encontraba para recibir una llamada y al alzar la mirada leyó: “en esta casa nació Lina Prokófiev esposa del genio compositor Serguéi Prokófiev”. Se trataba de una de las tan usuales placas puestas por el Ayuntamiento de Madrid, esta vez en la fachada del número 4 de la calle Bárbara de Braganza.

El destacado compositor ruso había estado casado con una madrileña, hija de Juan Codina y Llubera, un tenor barcelonés, y de Olga Nemiskaia, una aristócrata de Varsovia y también cantante de ópera. Lina (Madrid, 1897-Londres, 1989), era “una mujer cosmopolita” que hablaba cinco idiomas y que había estudiado en Suiza, Italia y en Nueva York. Además tuvo la suerte de vivir en el paraíso, en los locos años veinte, con Ernest Hemingwey y Coco Chanel, y, no sólo eso, sino que también tuvo que vivir el infierno de la Unión Soviética de Satlin.

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